Apodado 'Mediohombre', perdió una pierna y un ojo en dos batallas y un brazo en el sitio de Barcelona (1714)

Vox recomienda a los "artistas y cineastas" hacer "alguna película sobre la gloriosa historia de España, Blas de Lezo, por ejemplo"

Borja Cobeaga, guionista de 'Superlópez', responde: "No me da la puta gana"

Los mares no han conocido marino tan intrépido. Ni el Sandokán de Salgari, ni el Lord Jim de Conrad ni el capitán Jack Aubrey de Master and Commander, de Patrick O'Brian, resisten la comparación con las hazañas del marino Blas de Lezo y Olavarrieta. Había nacido para luchar como otros nacen para escaquearse, era un guerrero nato y su vida, desde el principio al fin, fue una batalla.

Nacido en Pasajes, Guipúzcoa, era sólo un niño de 12 años cuando embarcó por primera vez en un buque de guerra. A los 25 se había ganado una reputación de coloso y el alias de Mediohombre porque ya era cojo, tuerto y manco. Aquella piltrafa de cuerpo era el estuche de un alma blindada. Puede ser héroe lo mismo el que triunfa que el que sucumbe, pero Lezo triunfó porque jamás abandonó el combate y porque era listo como un ajo. Al cumplirse 275 años de su oscura muerte tropical en el olvido, el pasaitarra ha llegado en bronce a Madrid, por petición popular. Le sobran méritos como le sobraron arrestos.

Esta semana, los nacionalistas catalanes han querido bajarlo del pedestal, tumbar su estatua. Porque el marino, con los 40 cañones de la nave Campanella, participó en el segundo sitio de Barcelona. En 1714. Allí perdió su brazo derecho.

Blas de Lezo recibió su bautismo de fuego a los 15 años, en 1704, en la batalla de Vélez-Málaga, el mayor y último combate naval de la guerra de Sucesión entre austracistas y borbónicos. Mientras se aseguraba de que su artillería no parara de vomitar fuego, una bala de cañón mutiló su pierna izquierda y se la tuvieron que amputar sin anestesia. Ni un aullido salió de su boca. Siguió en su puesto y desde entonces lo llamaron Anka motz, "patapalo" en euskera.

Su bravura fue premiada con el ascenso a alférez de bajel de alto bordo y, como estaba hecho de una pasta especial, no tardó en volver a las andadas -y a las andanadas- y, un par de años después, en el sitio del castillo de Santa Catalina de Tolón, una esquirla de cañón le alcanzó el ojo izquierdo, que explotó como un globo. Toda grandeza es inconsciente, o no es grandeza, por eso continuó patrullando el Mediterráneo, apresando barcos ingleses y realizando valientes maniobras con una temeridad de héroe. La contemplación era un lujo para Lezo; la acción, una necesidad.

Después de la muerte sin descendencia del último Habsburgo español, estalló la Guerra de Sucesión, que se convirtió en una guerra civil entre borbónicos y austracistas, cuyos últimos rescoldos no se extinguieron hasta 1714 con la capitulación de Barcelona.

A Blas de Lezo le tocó luchar en el bando borbónico, requerido en 1706 por sus superiores, se le ordenó abastecer a los sitiados de Barcelona al mando de una pequeña flotilla. Listo como él solo, dejaba flotando y ardiendo paja húmeda y en la humareda camuflaba sus navíos. Así escapaba una y otra vez del cerco inglés, que trataba evitar el aprovisionamiento.

Volvió a coronarse de gloria en Rochefort, donde rindió una decena de barcos enemigos, el menor de 20 piezas. Su machada más heroica fue el combate con el Stanhope, que lo triplicaba en fuerzas. Tras un cañoneo mutuo, las maniobras dejaron al barco enemigo a distancia de abordaje, Lezo ordenó lanzar los garfios y la marinería buscó el cuerpo a cuerpo hasta que el enemigo pidió árnica y sacó bandera blanca. Ni era la primera vez ni sería la última que el vasco, con tripulaciones muy inferiores en número, lograba apresar naves con mucha mayor dotación y porte.

El 11 de septiembre de 1714, en el segundo sitio de Barcelona, mientras al mando del Campanella bombardeaba la ciudad, una bala de mosquete le alcanzó en el brazo derecho y completó el desgarbo glorioso de su figura demediada. Muchos años después, cuando reescribieron la Historia a la medida de su delirio, los nacionalistas catalanes incluyeron al vasco en la lista negra de botiflers, de borbónicos ominosos.

LA MOCIÓN DE LAPORTA

Para los nacionalistas la historia es una destilación del resentimiento y la fábula, por eso el Ayuntamiento de Barcelona ha tenido el cuajo de pedir a Madrid que retire la estatua que lo homenajea, como si todos los catalanes hubieran estado del mismo lado, como si en el conjunto de aquella España escindida no hubiera habido también castellanos, valencianos y aragoneses opuestos al régimen borbónico. Como si su lealtad a un rey extranjero valiera menos que la de una parte de los catalanes a otro rey igualmente extranjero. Como si toda la trayectoria heroica de Blas de Lezo se redujera a aquel capítulo de su vida.

[La moción para pedir la retirada de la estatua -inaugurada el sábado 15 de noviembre por el rey Juan Carlos I- fue presentada por Unitat per Barcelona, formada por Joan Laporta y el concejal de ERC Jordi Portabella. Se aprobó con los votos a favor los 14 concejales de CiU y los 5 de ICV. Votaron en contra los 9 del PP y se abstuvieron los 11 del PSC se abstuvieron. El jueves, el candidato socialista a la alcaldía de Madrid, Antonio Miguel Carmona tildaba la petición de "exhibición de incultura" y "provicianismo"].

La corona de la verdadera nobleza es una corona de espinas y la suya fue tener que tomar partido en una guerra civil. Nada nos levanta por encima de las mezquindades de la vida como admirar lo admirable. Lo fue la biografía del pasaitarra, una novela de aventuras, de combates navales, naufragios, abordajes y azarosos desembarcos. Luchó con éxito contra todo lo que el deber le puso por delante: contra los genoveses, los holandeses, los ingleses y los berberiscos. También contra los piratas.

En 1723, al mando de la escuadra de los Mares del Sur, le encargaron la misión de limpiar de corsarios y filibusteros las costas del Pacífico. No sólo lo dejó como una patena, sino que tuvo tiempo de enamorarse en Lima de Josefa Pacheco de Bustos, volvió a España convertido en general de marina recién casado. Enviado a Génova para reclamar dos millones de pesos que la Real Hacienda tenía depositados en la ciudad, recibió a una delegación del Senado, le dio la vuelta a un reloj de arena y dijo a los plenipotenciarios genoveses que si cuando cayese el último grano no estaba embarcada la pastizara, bombardearía la ciudad. Regresó a España con las bodegas llenas de oro.

Nuestro Simbad ya se tenía la estatua bien ganada; pero regaló a la Historia su mejor página cuando, a los 52 años, nombrado comandante general del apostadero naval de Cartagena de Indias, estalló entre España e Inglaterra la guerra llamada de"la oreja de Jenkins". El conflicto había empezado en las costas de Florida cuando Juan León Fandiño, un capitán de guardacostas, interceptó un barco al mando del Robert Jenkins y antes de liberarlo le hizo cortar una oreja con este recado: «Ve y dile a tu rey que le haré lo mismo si a lo mismo se atreve».

El primer ministro Walpole, en desagravio e impulsado por su opinión publica y por la avidez de los comerciantes de la City, declaró la guerra a España. La expedición británica la comandaba el almirante sir Edward Vernon y tenía el propósito de arrebatar las posesiones españolas tomando Cartagena de Indias, "a llave de América". Era una flota descomunal de 186 buques con una tripulación de 15.000 hombres. Además, podía desplegar en tierra 9.000 soldados regulares, una potente artillería de asedio, 4.000 milicianos del contingente norteamericano al mando de Lawrence Washington, hermano del futuro libertador estadounidense, y 2.000 negros macheteros de Jamaica: un total de más de 30.000 hombres y 2.600 piezas de artillería.

Frente a esa fuerza colosal, Blas de Lezo sólo podía oponer seis barcos y 2.800 hombres. Pero de esa terrible asimetría emergió el talento y el arrojo del marino de Pasajes, que resistió dos meses el cañoneo y, en abril de 1741, puso a la flota inglesa en desbandada. Tras arrojar 6.000 bombas y 18.000 balas de cañón y perder seis navíos y 9.000 hombres, los ingleses se retiraron y Vernon salió por jarcias y con el rabo entre las piernas. Otros son maestros en justificar sus derrotas; Lezo, en convertir en oficio el logro de lo improbable.

Pero los ingleses, que crearon como nadie su propia historia, también inventaron la de los demás. Llegaron a Londres noticias de que habían tomado Cartagena y se acuñaron medallas conmemorativas de la victoria que nunca existió y que mostraban, ante un arrogante Vernon, la silueta de Lezo humillado y arrodillado, cosa del todo imposible porque la pata de palo le habría impedido tal pose. Eso y que no era un tipo de los que se doblegan.

A Vernon le levantaron un monumento en la Abadía de Westminster, panteón de los héroes británicos, donde todavía hoy, en un brillante ejercicio de neolengua, puede leerse que "en Cartagena conquistó la victoria hasta el punto en que la fuerza naval puede llegar". O sea, que no conquistó nada. El Mediohombre Blas de Lezo había evitado la pérdida del imperio español en América. De no haber sido por él, Hispanoamérica sería Angloamérica y se hablaría inglés.

Españoles e ingleses anduvimos siglos a la greña porque estábamos de acuerdo en algo: los dos queríamos América. La conservamos de milagro o, más exactamente, por las agallas de un hombre solo, de este vasco insumergible que en el agua tenía los reflejos de un delfín y en tierra se movía con la torpeza de un tullido, porque fue dejando en cada batalla un pedazo de su cuerpo a cambio de unas migajas de gloria.

Pero no le salió gratis aquella última victoria porque quedó malherido. El 7 de septiembre de 1741, a las ocho de la mañana, en un jergón de un hospital de Cartagena de Indias, el marino más intrépido que vieron los siete mares y todos los siglos abandonó este mundo en medio de la peste y de la amnesia general. El maltrecho cuerpo del lobo de mar, que había capturado más de 60 buques de todos los pabellones y había evitado la pérdida de un Imperio, fue enterrado en algún lugar ignoto y sin honores.

La estatua de Edward Vernon saluda a los caminantes en la Abadía de Westminster, de Blas de Lezo sólo se acordaban en Colombia, donde lo consideran héroe propio. Los nacionalistas catalanes lo siguen considerando un botifler. Es lo que tiene la ignorancia.

03.02.2019. El Mundo

190203 Blas de Lezo

El Foro para la Paz en el Mediterráneo publico en 2014 este TBO, que puede descargarse pinchando sobre el presente enlace

 

Donald Trump hizo especial hincapié el el aspecto militar durante su primer año como presidente, pero Estados Unidos no es el único país que trata de ganar poderío militar. Entre 2012 y 2016 se vendieron más armas que durante los cinco primeros años de la década de los 90.

La venta de armas indica quién está engrosando sus fuerzas armadas, pero las comparaciones son difíciles. El ranking de poder militar realizado por Global Firepower trata de esquivar estas dificultades valorando 50 factores y asignando un índice a 133 países.

La clasificación aborda la diversidad de armas de cada país y presta especial atención a la cantidad de militares disponibles. La geografía, la capacidad logística y los recursos naturales disponibles, así como la industria local, también son tenidos en cuenta.

Aunque las armas nucleares son un bonus, las reservas nucleares no entran en la ecuación.

Además, los países sin acceso al mar son penalizados por no tener una armada naval.

Aquellos con armada son penalizados si hay poca variedad de activos.

Los países de la OTAN obtienen un bonus porque la alianza comparte teóricamente sus recursos, pero, en general, el liderazgo político y militar actual de un país no se considera importante.

"El equilibrio es la clave. Una gran fuerza de combate en tierra mar y aire con una economía solida, un territorio defendible y una infraestructura eficiente son las cualidades para valorar el poder total militar de una nación" reza la clasificación.

199127 ejercito-espanol-espana

España ocupa el puesto 19

Business Sinder

 

 

Entre el 6 y el 26 de julio de 1937, la República trató de levantar el sitio de las tropas franquistas sobre Madrid en una contienda que produjo cerca de 40.000 bajas.

190201 campesino-wikipedia--644x362

El líder comunista «El Campesino» dirige las operaciones en Villanueva de la Cañada - wikimedia

Dolor, valentía, y una ingente cantidad de víctimas. Con estos términos se podría definir la batalla de Brunete, un choque de fuerzas en el que, desde el 6 julio de 1937, las tropas de la Repúblicase enfrentaron al ejército de Francisco Franco en las afueras de Madrid. Aquel caluroso verano, la actual capital española quedó consternada ante las casi 40.000 bajas que se produjeron, una cifra que, a la postre, convertiría este enfrentamiento en uno de los más cruentos de la Guerra Civil. [Galería de imágenes: el estado actual del campo de batalla]

Sin embargo, también se vivieron también grandes actos de arrojo y valor por parte de soldados de ambos bandos. Y es que, durante casi un mes, miles y miles de combatientes soportaron unas penosas condiciones de vida mientras trataban de obviar el temor a que una bomba cayera sobre su cabeza y oían como las balas silbaban a centímetros de sus orejas.

La defensa de Madrid

Para entender los sucesos que motivaron la cruel batalla de Brunete es necesario viajar en el tiempo hasta 1937, apenas un año después del inicio de la Guerra Civil. Concretamente, hace ya 76 veranos, el ejército de Franco había tomado posiciones en varios terrenos de la Península Ibérica tras declarar la guerra a la zona republicana.

 

 

«En julio del 37 la República tenía como terrenos propios, en primer lugar, toda Cataluña, Levante, buena parte de Andalucía, Castilla la Mancha y Madrid en lo que era llamado el Frente del Centro. Por otro lado, también disponía de la Cornisa Cantábrica, Santander y Asturias (el Frente del Norte)», explican en declaraciones para ABC Ernesto Viñas y Ángel Rodríguez, miembros del grupo « Brunete en la memoria» e investigadores -desde hace más de 12 años- de todos los sucesos relacionados con la batalla de Brunete.

Eran tiempos de guerra y duros combates, pues las tropas franquistas buscaban con ferocidad tomar Madrid, el símbolo de la resistencia republicana. «En esta etapa habría que hablar de una situación relativamente favorable para la República en el Frente del Centro, ya que primero rechazaron a las fuerzas del ejército de Francoen el asalto frontal a Madrid y después en las tres grandes batallas que acontecieron en torno a la ciudad», determina Viñas.

Al final, y tras varios ataques frustrados, las tropas franquistas decidieron poner sitio a la ciudad y dedicar sus esfuerzos a la conquista del norte. «Cuando llegó el verano de 1937 las operaciones más importantes ya no estaban en torno a Madrid. Franco fijó su objetivo en la cornisa Cantábrica ya que la ciudad resistía bien y era muy complicado, debido a la fortaleza creciente del ejército republicano de la zona centro, tener las ganancias territoriales que buscaba», completa el experto.

Una batalla de distracción

No obstante, no todo marchaba bien en el bando republicano. Y es que, aunque el centro resistió el envite de los franquistas a base de fusil y artillería, el Frente del Norte pronto acusó los continuos ataques. «El problema es que entre el Frente del Centro –conectado con los puertos a los que llegaba la ayuda soviética- y el del norte estaba la ancha Castilla la Vieja dominada por el ejército de Franco, y, por lo tanto, la República no tenía forma de operar directamente sobre él», completa Viñas.

Con el paso de los días, y como los mandos republicanos temían, la fuerte presión de las bien entrenadas tropas franquistas terminó por minar la Cordillera Cantábrica, que pidió ayuda a Madrid. «Sólo se podía hacer una operación de diversión estratégica, es decir, atacar en un escenario que no es aquel al que quieres ayudar. La República pretendía obligar a Franco a sacar sus tropas del norte a cualquier precio», determina el experto.

Para ayudar al norte, la República lanzó un ataque de distracciónTras largas deliberaciones, y ante la urgencia de ayudar a sus compañeros en el norte, los mandos republicanos decidieron asaltar a las tropas de Franco. Sin embargo, en un principio no hubo consenso sobre el lugar en el que llevar a cabo la ofensiva. «Se pensó primero en una operación en Extremadura que cortara el territorio que dominaba Franco en dos. No obstante, eso implicaba mover las tropas mucho, lo que hacía perder el factor sorpresa y obligaba a alejar las tropas de Madrid», añaden Viñas y Rodríguez.

Finalmente, los altos mandos republicanos tomaron la decisión: iniciarían una gran ofensiva en las afueras de Madrid, lo que les garantizaba, entre otras cosas, poder retirarse a lugar seguro si algo fallaba. «El ejército de la República buscaba dos objetivos: El estratégico, que consistía en aliviar al frente del norte; y el táctico –el más cercano-, que pretendía despejar el entorno de Madrid de la presión del ejército franquista alejando 20 kilómetros el frente de la ciudad».

El plan para cercar a Franco

Una vez decidido el lugar en el que se llevaría a cabo el asalto, se estableció que la operación estaría formada por dos ataques que se realizarían de forma simultánea. El primero, a cargo de los cuerpos de ejército V y XVIII, buscaba romper las líneas franquistas en Brunete partiendo desde un sector ubicado entre Valdemorillo y Villanueva del Pardillo (a unos 30 kilómetros de Madrid), Por su parte, la segunda acometida –al frente de la cual se encontraba el Cuerpo de Ejército de Vallecas- pretendía traspasar a las tropas de Franco desde Usera.

La finalidad, según Viñas, era que ambas tenazas avanzaran por la retaguardia enemiga y, tras recorrer unos 10 kilómetros, se encontraran en torno a Alcorcón, un pueblo ubicado aproximadamente a 13 kilómetros de Madrid. Este movimiento dejaría a las tropas de Franco rodeadas de enemigos y permitiría a los republicanos cortar sus suministros.

Sin embargo, el plan era más que arriesgado, pues frente a ellos se situaba un ejército curtido en mil batallas. «En el bando franquista la mayoría de sus oficiales eran gente capacitada, personas que habían hecho su vida profesional en el ejército y que, además, venían en muchos casos del ejército del norte de África, o sea que tenían una experiencia bélica relativamente reciente. No eran como los mandos peninsulares, que estaban más acostumbrados a una vida de cuartel, sino que habían tenido una experiencia militar directa y en primera línea en el Riff», completa Viñas.

Tropas en combate

En cambio, conseguir poner en práctica este plan de forma efectiva obligaba a la República a movilizar un gran contingente militar. «Por parte Republicana lucharon, sumando el Ejército de Maniobra y el Ejército de Vallecas, entre 80.000 y 85.000 combatientes -los cuales no estuvieron simultáneamente presentes en el campo de batalla-. En este número entrarían, además de la infantería, todas las unidades de apoyo», añade el experto.

A su vez, los oficiales tuvieron bajo su mando más de un centenar de vehículos blindados y unos 250 aviones entre cazas y bombarderos. Finalmente, también se ordenó el desplazamiento de 200 de piezas de artillería con las que bombardear el frente franquista. Por su parte, los defensores contaban al inicio de la ofensiva con unos pocos batallones que, con el paso de las jornadas, fueron aumentando hasta sumar unos 60.000 hombres. Además, no disponían en principio ni de tanques ni de artillería.

El sangriento asalto inicial

Tras la organización del operativo y el traslado de las tropas, los mandos dieron la orden de dar comienzo a la batalla en la noche del 5 al 6 de julio. Así, con el fusil entre las manos y varias granadas en los correajes, las tropas republicanas partieron bajo la protección de la luna. Todo estaba listo, y tenían a su favor el factor sorpresa.

No obstante, antes que el grueso del ejército ya había partido la 11ª División al mando de un antiguo cantero reconvertido en oficial: Enrique Líster. Esta unidad, amparándose en la oscuridad, consiguió atravesar varias posiciones franquistas sin ser vista y llevar a cabo uno de los primeros objetivos de la operación en aproximadamente una hora. «Las tropas de Líster hicieron 10 kilómetros de noche por campo enemigo sin ser descubiertas, se plantaron ante Brunete y lo tomaron», explica Viñas.

El ejército franquista resistió la repentina embestida republicanaUna vez arrebatado el pueblo de Brunete, cuyos defensores fueron cogidos por sorpresa, comenzó el avance masivo. Sin embargo, lo que había sido un comienzo abrumador se tornó en desesperación cuando las tropas republicanas comenzaron a ser frenadas en masa, lo que ralentizó el ataque sorpresa e impidió la rápida llegada a Alcorcón.

«En Villanueva de la cañada las defensas, que estaban formadas por un batallón –unos 700 hombres- resistieron durante 12 horas. Este pueblo cayó a las 9 de la noche del 6 de julio. También hubo una posición en la sierra –llamada los Llanos- que, defendida por un batallón, aguantó hasta el 8. Villanueva del Pardillo empezó a ser asaltada el día 9 para caer el 11», determinan los expertos.

Tras varios combates, la férrea defensa franquista consiguió estancar el avance de los miles y miles de soldados republicanos. «Tuvo que ser desesperante para los defensores resistir en cada pueblo. Al fin y al cabo las tropas franquistas estaban rodeadas por todos lados y sabían que no iban a salir más que muertos o prisioneros», completa Viñas.

«La situación de los republicanos tampoco era mejor, pues atacaban desde campo abierto y sin un lugar donde protegerse o una posición fortificada. Además estaban urgidos por acabar con las resistencias del ejército de Franco para poder continuar con la ofensiva», añade el miembro de «Brunete en la memoria».

Tras 20 días de batalla, Franco retomó BruneteRepentinamente todo se complicó. La unidad de Líster fue abandonada a su suerte por los mandos republicanos, que prefirieron tomar todas las posiciones que encontraban a ayudar a la 11ª División en su avance. Por su parte, el oficial se atrincheró y se dispuso a resistir a ultranza ante la imposibilidad de avanzar hasta los siguientes pueblos: Boadilla del Monte o Sevilla la Nueva. Este suceso fue crucial pues, aunque se logró traspasar Brunete, la operación se retrasó demasiado para los intereses de la República.

«Falló que no se reforzó a Lister en el momento clave. El mando republicano, que estaba al mando de Miaja, consideró que era más importante dejar tomadas las posiciones de retaguardia que avanzar con el enemigo embolsado a sus espaldas. Miaja pareció sentir una especie de timidez operativa, lo que impidió avanzar a la vanguardia. Además, al no conseguirse la ruptura por parte del cuerpo de ejército de Vallecas, a las pocas horas de haber iniciado la ofensiva se había comprometido el objetivo máximo, que era encontrarse en un punto cercano a Alcorcón, cerca del actual barrio de la Fortuna», completa el investigador.

Resistencia franquista

La suerte del Ejército de Maniobra cambió el día 12 cuando los mandos dieron la orden de pasar a la defensa. Tras casi una semana de avances limitados, la extenuación había vencido a los asaltantes, que renunciaron también a tomar dos posiciones de gran importancia táctica, los vértices Mosquito y Romanillos. De esta forma, los mandos daban por finalizada la fase ofensiva hasta nueva orden.

Todo lo contrario sucedía en el bando franquista que, tras defenderse a sangre y fuego, comenzaron a recibir refuerzos desde el exterior. «Llegaron a juntarse 5 divisiones del ejército de Franco: la Provisional del Guadarrama –que la mandaba Asensio-, la número 13 –que la mandaba Barrón-, la 150 –que mandaba Sáenz de Buruaga-, y las dos brigadas de Navarra (la 4º -mandada por Camilo Alonso Vega- y la 5º -que la mandaba Bautista Sánchez-). Eran todos militares de carrera acostumbrados a mandar grandes unidades y, seguramente, lo hicieron bien, pues primero frenaron a los republicanos, después les aplicaron un desgaste muy serio y finalmente pasaron a la contraofensiva», añade Viñas.

Además, la superioridad aérea que había tenido el bando republicano terminó con la llegada de la Legión Cóndor, los aliados alemanes de Franco. «El ejército de la República gozó en un principio de una notable pero breve superioridad técnica sobre los franquistas, pues había incorporado varios cazas Polikarpov I-16 e I-15. Sin embargo, con la llegada del Messerschmitt bf 109 alemán –que era un caza superior en velocidad y altura-, el ejército de Franco tomó ventaja en Brunete», explica Viñas.

Finalmente, fue difícil atribuir la victoria a uno de los bandos Las fuerzas aéreas de ambos bandos mantuvieron aquellos días fuertes combates que también sufrieron los soldados, temerosos ante el fuego continuo que los cazas abrían sobre ellos. La situación comenzó a ser desesperada también para los militares heridos que, atrapados en las infectas trincheras, no podían ser evacuados debido al incesante fuego enemigo. Además, el agotamiento comenzaba a asediar a los dos bandos, pues dormir se hacía imposible ante la caída constante de bombas.

«Pasada la primera semana de superioridad republicana la alianza con Mussolini y Hitler le dio a Franco superioridad material, pues dispuso de más suministros, más artillería y aseguraba la reposición de bajas. A la República esto le resultaba más difícil, pues los envíos soviéticos tenían que pasar por el Mediterráneo y saltarse el bloqueo, o pasar por Francia, cuya frontera tan pronto se abría como se cerraba», sentencia Viñas.

La contraofensiva final

Tras varias jornadas, el 18 de julio fue el día en que los mandos nacionales decidieron pasar a la asalto contra las exhaustas tropas republicanas. Para ello, planearon una contraofensiva que protagonizarían las brigadas de Navarra, recién transferidas del norte por el del Ferrol al observar que sus líneas en el centro podían verse atravesadas. Sin embargo, y a pesar del ímpetu de las tropas de Franco -ansiosas por recuperar el terreno perdido y devolver el golpe a sus enemigos-, este primer contraataque fue detenido por el fuego combinado de varias unidades republicanas.

Todo cambió desde el día 22 de julio, jornada en la que las unidades franquistas, decididas a terminar con una batalla que ahora se les presentaba favorable, asaltaron varias posiciones republicanas del entorno del Guadarrama. Esta vez los republicanos tuvieron que retirarse inexorablemente, aunque lo hicieran combatiendo, dejando atrás a cientos de muertos y una parte de las posiciones que, con tanta sangre, habían conquistado en los primeros días. El repliegue, ordenado hasta el entorno de Brunete, llegó a ser huída cuando perdieron el cementerio bajo las bombas de la Legión Cóndor. Sin Brunete en manos republicanas, Franco recuperaba el pueblo símbolo de la batalla.

Los nacionales, por su parte, no siguieron avanzando y dieron por buena la conquista del territorio. El pueblo, que había sido centro de los combates 20 días antes, mostraba ahora un aspecto desolador. La guerra había llamado a su puerta para llevarse con ella miles y miles de jóvenes vidas.

Contando los muertos

Una vez acabada la contienda, quedaba por desgracia el trabajo más difícil, contar las bajas. Aquel aciago 27 de julio, el bando republicano perdió, entre heridos, desaparecidos y capturados, a casi 20.000 de sus compañeros. Por su parte, los franquistas sumaron un total de 16.000 bajas. Pero, sin duda, en esta batalla quien más perdió fue España, que vio fallecer a casi 7.000 de sus hijos.

A su vez, fue difícil atribuir la victoria a un bando. Y es que, por un lado, los republicanos consiguieron retrasar la ofensiva del Norte algo más de un mes y alejar el frente de batalla unos kilómetros de Madrid mientras que, por otro, el bando nacional logró poner en huída a su enemigo y retomar Brunete.

ABC. Historia Militar

LAUREADOS DE BRUNETE

Chicoy Dabán, Juan. Zaragoza, 1915 – Leganés (Madrid), 2.XII.1938. Militar y caballero laureado de San Fernando.

El 18 de julio de 1936 ingresó en el Ejército nacional como soldado del batallón de Cazadores de Las Navas.

Incorporado a las Fuerzas Regulares, pasó a formar parte de la 1.ª Compañía del 5.º Tabor, siendo trasladado a la 2.ª en el mes de noviembre de 1936, tras su ascenso a alférez provisional. En ese mismo mes cruzó el Estrecho en el Almirante Cervera y desembarcando en Algeciras.

Durante el resto de 1936 prestó servicios en la Casa de Campo y operó en Pozuelo de Alarcón, continuando al año siguiente en el Frente de Madrid, destacado en la Ciudad Universitaria. En el mes de octubre pasó a combatir en Sabiñánigo. En el mes de diciembre asistió en Toledo al curso para el ascenso a teniente provisional.

El 10 de julio de 1937 se encontraba guarneciendo con su sección una de las posiciones defensivas de Villafranca del Castillo (Madrid), cuando el enemigo desencadenó contra ella una violenta preparación artillera, atacándola seguidamente con cinco o seis batallones de Infantería, precedidos por carros de combate.

La sección contuvo el primer ataque, pero la carencia de toda obra de fortificación que la protegiera, así como la considerable superioridad numérica del adversario, motivaron un quebranto en la moral de la tropa, por lo que su jefe se vio obligado a replegarse hacia el puesto de mando del centro de resistencia.

En tan crítica situación, y no obstante haber desbordado también el enemigo las posiciones contiguas, el alférez Chicoy, dando pruebas de valor, reorganizó su sección y con la fuerza disponible de otras unidades, que igualmente habían sido desorganizadas, contraatacó al enemigo y, a pesar de su notable inferioridad en medios, lo arrolló y obligó a retirarse sobre el río Guadarrama, capturándole diez prisioneros, dos ametralladoras y diecisiete fusiles, además de causarle numerosas bajas, con lo cual quedaron restablecidas las posiciones propias y se ganó tiempo para organizar adecuadamente la defensa de Villafranca. Durante el desarrollo del contraataque, el alférez Chicoy resultó lesionado por una explosión cercana, pero no permitió ser evacuado.

Sin embargo, más tarde hubo de ser ingresado en el hospital de Larache por haberse resentido de la herida recibida durante la citada defensa. El 2 de diciembre de 1938, ostentando el empleo de teniente provisional, fue de nuevo evacuado al hospital por encontrase enfermo. Falleció en ese mismo día a consecuencia de una insuficiencia respiratoria que había contraído en el frente de Brunete y que se le había ido agravando durante el transcurso de la guerra, principalmente a causa del frío.

Era cuñado del capitán Antonio Dema Giraldo, casado con su hermana María Teresa, quien ganó la Cruz Laureada de San Fernando el 10 de julio de 1937 durante la defensa de la posición Loma Artillera, y que también falleció en la acción.

Real Academia de la Historia. Juan Chicoy Dabá

 

Dema Giraldo, Antonio. Alicante, 18.II.1902 – Madrid, 10.VII.1937. Militar y caballero laureado de San Fernando.

Ingresó en la Academia de Infantería en 1917 y tres años más tarde fue promovido al empleo de alférez y destinado al Regimiento de las Órdenes Militares, del que meses después pasó al de Mallorca.

En 1922 fue ascendido a teniente y trasladado al batallón de Cazadores de Chiclana, de donde en los años siguientes pasó, sucesivamente, al Regimiento de Otumba, al batallón de Cazadores de Madrid, al de África y al de Cazadores de Montaña de Antequera, en el que ascendió a capitán en 1927.

Con el empleo de capitán estuvo destinado en el Regimiento de Vizcaya, en el batallón de Cazadores de África, en el de Figueras, en el Regimiento de San Fernando, en el Regimiento n.º 40, y en los batallones de Cazadores de África y de Las Navas, todas estas unidades ubicadas en Larache.

Al declararse la Guerra Civil, se trasladó a la Península y combatió hasta finales de 1936 en la Casa de Campo al mando de la 1.ª compañía del 5.º Tabor de Regulares de Larache. Al año siguiente continuó en el frente de Madrid, participando en la defensa de la posición de Loma Artillera como jefe de la misma, estando compuesta su guarnición por dos secciones de fusileros del 5.º Tabor del Grupo de Larache, una sección de ametralladoras del mismo tabor y una centuria de FET (Falange Española Tradicionalista) y de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista), con un total de unos ciento cuarenta hombres.

El 10 de julio, después de una violenta preparación artillera, el enemigo se lanzó al asalto de la posición en grandes masas, con apoyo de numerosos carros de combate y abundantes armas automáticas, siendo rechazado una y otra vez durante tres horas, a pesar de la creciente moral que poseían los atacantes como consecuencia de su enorme superioridad de medios y de los pasajeros éxitos obtenidos en días anteriores.

El capitán Dema conocía perfectamente las difíciles circunstancias en que se hallaba su tabor, aislado y sin contacto con otras tropas. No obstante, su admirable tesón y elevado concepto del deber no decayeron un instante, prosiguiendo la encarnizada defensa de la posición, en la que el enemigo llegó a entrar, si bien sólo por breve tiempo.

Cuando, muertos sus oficiales, no disponía ya de mandos subalternos que cooperasen a tan brillante actuación, dirigió a su jefe el siguiente parte: “Situación insostenible; Martín, muerto; Moscoso, muerto; si esta noche no viene gente, caerá la posición por muerte de todos. ¡Arriba España! Dema”. Poco después sucumbía en el momento en que, arengando a su escasa fuerza, intentaba contraatacar saliendo con ella de las trincheras. Pero su conducta proporcionó tiempo suficiente para que el mando organizara la defensa de Villafranca del Castillo y del río Guadarrama.

Abierto juicio contradictorio para determinar los méritos para la concesión de la Cruz laureada de San Fernando, ésta le fue otorgada por orden circular de 11 de enero de 1946.

Estuvo casado con Teresa Chicoy Dabán, hermana del alférez laureado Juan Chicoy Dabán. La ciudad de Alicante dio su nombre a una calle.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General Militar, Secc. 1.ª, leg. D-243.

J. L. Isabel Sánchez, Caballeros de la Real y Militar Orden de San Fernando. Infantería, t. I, Madrid, Ministerio de Defensa, 2001.

 «De Florida a Alaska: tres siglos de legado español en EE.UU.», autor Manuel Trillo, periodista del diario ABC.

El informe tiene por objetivo dar a conocer las contribuciones y el legado histórico de España en Estados Unidos. Entre otras gestas se recuerdan la llegada de Ponce de León a Florida, la expedición de Vázquez y Coronado en 1540 o la apertura del asentamiento español en la Alta California que llegó hasta las costas de Alaska y Canadá.

 

 

 

190116 De Florida a Alaska

 

Texto a descargar

Joomla Templates by Joomla51.com